Las costumbres sociales, religiosas o de otra índole, observadas en las comunidades indígenas, son de carácter muy variado y ofrecen un abundante material para los estudios e investigaciones de carácter sociológico. Entre las que pudiéramos llamar colectivas hemos reseñado la de la Mayordomía, en la que una sola persona sufraga considerables gastos en provecho de los demás, y de la guelaguetza, donde al contrario, todos contribuyen para beneficio exclusivo de una sola persona.

A estas costumbres agregaremos la del tequio (voz nahoa, "cosa que tiene o da trabajo"), que en realidad no es una institución, sino una costumbre establecida en los pueblos del estado, la cual impone a todos y cada uno de los vecinos de un lugar la obligación de participar en la ejecución de toda obra de interés colectivo, por ejemplo: la construcción de un templo, una escuela, el edificio del Ayuntamiento, un camino o la reparación periódica de éste. Gracias a ese sistema cualquier obra de beneficio común en las poblaciones indígenas se lleva a cabo rápida y facilmente.

Asimismo, la manera de convocar al vecindario para acordar todo lo concerniente al tequio, es bastante original en ciertos lugares; en algunos de la Mixteca el topil o alguacil notifica la comparecencia de casa en casa; en otras poblaciones el aviso se dá quemando determinado número de cohetes; en los pueblos de Tlacolula se convoca por medio el caracol, y en San Agustín Atenango el topil hace el llamado a gritos, desde un montículo que domina la población.

Estas costumbres que, desde luego, constituyen un aspecto bastante apreciable pero desconocido del folklore oaxaqueño, presentan muy diversas manifestaciones y son observadas principalmente en los ritos matrimoniales, en las defunciones, las siembras, las cosechas, la caza y otros aspectos más de las actividades públicas y privadas, entre las cuales manifestaciones llegan a figurar no pocas prácticas supersticiosas.

De estas costumbres las relacionadas con el matrimonio son bastante originales. En el Istmo se acostumbra verificar un simulacro de rapto, con la consiguiente y también simulada pugna de la parentela de la novia, para rescatarla; en los pueblos de Tlacolula el pedimento de mano es hecho a través de un personaje especial, el huehuete, quien desempeña las funciones que en otros lugares corresponden al sacerdote, fijándose en caso afirmativo el número de guajolotes que debe entregar el pretendiente a los padres de la pretensa, y en la Mixteca el acto matrimonial culmina en el "parangón" que un anciano pronuncia ante los contrayentes, mismo que constituye una serie de consejos y exhortaciones al cumplimiento de las obligaciones y deberes que su nuevo estado les impone, siendo tradicional entre los zapotecas del Valle y los de Yalalag. el baile que ejecutan en la calle los acompañantes del cortejo nupcial, cargando a cuestas el baúl, metate, garrafón de mezcal, apaztle, sillas, aves de corral y demás que llevan como obsequio a los desposados.

Las defunciones son también objeto de prácticas bastante singulares entre los indígenas y aun entre la clase popular de la ciudad, pues entre ésta se acostumbra velar a los niños fallecidos, con baile. En la región de El Rincón (Villa Alta) la velación y entierro se verifican con música, alternándose las preces y responsos con melodías de carácter diverso, y en Tlaxilac de Cabrera se deposita en la fosa, junto al cadáver, el itacate o bastimento que se piensa ha de necesitar el extinto para el gran viaje. Esta misma práctica se observaba, posiblemente lo siga siendo entre los tacuates de Zacatepec (Putla), donde las doncellas eran enterradas con el bastimento, el huso o el malacate y la bola de algodón, instrumentos de las ocupaciones a que se dedicó en vida, y un perrillo sacrificado al borde del sepulcro, no volviendo a ser ocupada la casa que habitaba "para que el ánima de la difunta pudiera gozar de tranquilidad". Y algo semejante ocurre con los procedimientos curativos sobre el "mal de ojo" y el de "susto".

Este último se cura entre los indígenas triques encendiendo una vela en el sitio exacto en donde el susto se produjo y rociando con agua, o aguardiente, nuca, piernas, espalda y pecho del enfermo, a tiempo que se pronuncian ciertas invocaciones para el caso.